A priori, puedo expresar que mi experiencia de vida con las Hermanas Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús tiene un “antes y un después”, porque ha marcado una trayectoria muy concreta y específica en todos sus ámbitos.
Mi acercamiento a ellas fue hacia el año 1986, cuando se me invitó al grupo de oración que tenían en su capilla y que, después de 40 años, ¡sigue manteniéndose vivo! Un espacio donde las Hermanas ofrecen un encuentro con Dios y con los hermanos y hermanas hasta el día de hoy.
Con una mirada retrospectiva, mi vinculación con las Hermanas Carmelitas fue gradual; mis sentimientos y afinidades con su espiritualidad se fueron interiorizando paulatinamente. La actitud de las Hermanas hacia los laicos en general puedo decir que ha sido —y sigue siendo— de acogida total: brazos abiertos y un corazón siempre a la escucha, desde la libertad y el respeto por cada persona que llegaba. “Las puertas abiertas tanto para entrar como para salir” es una expresión que se ha quedado para todos; unos hemos permanecido y otros se han marchado con entera libertad.
Ir descubriendo su espiritualidad fue otro pilar fundamental que hizo que mi permanencia continuase en el tiempo hasta hoy. En sus inicios, descubrí que había sido carmelita incluso antes de tomar conciencia de ello: la oración-contemplación, el servicio, la fraternidad y la justicia ya eran pilares en mi vida antes del encuentro con ellas, y aquí encontré lo que buscaba. Creo que el Espíritu nos va poniendo en el camino adecuado para nuestro proceso; mi impresión es que había llegado a la casa oportuna y necesaria para alimentar y poner en acción mis anhelos de espíritu y de vida personal. Ellas, con paciencia, han ido moldeando en gran medida mi quehacer a nivel profesional, familiar, de amistades y social… ¡ha sido la comunidad que me ha sustentado!
Nuestras relaciones, puedo decir que hasta hoy, han sido de igual a igual, con la diferencia generacional de edad que se daba entre ellas y yo. Por parte de las Hermanas, esto ha conllevado una relación marcada por la experiencia, el sosiego, la confianza y la intuición. Por mi parte, debido a mi juventud —sobre todo al principio—, tuvieron que bregar en determinadas circunstancias con mis impulsos o cierta altanería propia de la edad. Ellas, sin embargo, han estado ahí para reconducirme con sabiduría.
Otro aspecto que fortaleció la unión fue la cooperación entre Hermanas y laicos/as para dar viabilidad a proyectos sociales: prisión, lavandería social, pastoral de enfermos del barrio, difusión y colaboración con las misiones de la Congregación, formación, programación de encuentros y retiros. En la dimensión espiritual, igualmente ha sido un tiempo de gracia, ya que es lo que ha ido dando consistencia a todo lo demás: la oración de los lunes y el grupo de Familia Carmelita Madre Asunción.
A la par, fui descubriendo paulatinamente la figura de Madre Asunción, hoy Sierva de Dios. Conocer su espiritualidad, carisma y vida sigue siendo un auténtico filón de oro, con sus luces y sombras —como en cualquier santo o santa—, pero cuya proyección humana, social y espiritual no me deja indiferente. Es hoy un referente claro en mi proyecto personal.
Quiero destacar también la relación humana que se ha dado entre nosotros y, por ende, con muchas Hermanas de la Congregación y laicos/as, creando lazos muy hermosos de amistad, cooperación y acompañamiento en momentos difíciles: enfermedad, fallecimientos, crisis personales, dificultades laborales…
Otro pilar esencial ha sido poder celebrar la fe en comunidad, compartirla con libertad, dejarme cuestionar e interpelar a la luz de la Palabra y de los hermanos. Así como yo he podido estar para ellas, ellas han estado para mí; nos nutrimos como vasos comunicantes. Como nos dice la Hna. Elia Rodríguez: “Somos una comunidad ampliada, donde somos unas para las otras apoyo y bastón”, y así lo vivimos.
A todas y cada una de las Hermanas que han pasado por la casa de Albacete, y a la Congregación por hacerlo posible, les doy las gracias, mil gracias, por formar parte de mi vida hasta el día de hoy.
Todo esto son palabras —muchas palabras— que, a fin de cuentas, se quedan cortas para expresar la intensidad de los sentimientos más profundos. La verdad es que quiero a mis Hermanas y ellas me quieren a mí, con todo lo que ello conlleva, para lo bueno y para lo menos bueno. La fraternidad, el amor y el servicio son una realidad en esta comunidad.
¡Gracias, gracias, Hermanas, por estos 50 años de inserción en el barrio de San Pablo y en mi vida!
Laica de Albacete



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