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 «Peregrinos y sembradores de esperanza»

 

Madrid, 2 de febrero de 2025

Queridas hermanas y hermanos:

 

El próximo día 2 de febrero la Iglesia celebra la XXIX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. La CONFER quiere sumarse a su celebración con agradecimiento y compromiso. Con agradecimiento, porque de nuevo se nos brinda la ocasión para reconocer la entrega de numerosos religiosos y religiosas, personas consagradas, que desde los diversos lugares del mundo siguen al Señor con fidelidad y entrega. Con compromiso, porque con motivo de la Jornada programada la Vida Consagrada quiere renovar su fidelidad a la vocación a la que muchas personas han sido llamadas.

Esta próxima Jornada, en España, tiene como lema «Peregrinos y sembradores de esperanza». Se quiere poner de manifiesto la aportación que la vida y misión de los consagrados y consagradas hacen, desde la Iglesia española, al conjunto de la sociedad a través de sus obras e instituciones apostólicas. Una aportación que despierta y fomenta la esperanza de muchas personas en situación de especial vulnerabilidad y pobreza.

La vida religiosa continúa siendo una porción importante de la Iglesia en el conjunto de la sociedad española; aún se nos reconoce presentes en numerosas presencias comunitarias y obras apostólicas a lo largo de todo el territorio nacional. La fuerza misionera que brotó de nuestras comunidades permanece como una aportación relevante y necesaria que nos une a otros continentes bajo la misma Verdad que anhelamos, buscamos y sembramos. Esta no es otra que la Verdad del Evangelio y que cada Congregación, según su fuerza carismática, vive y predica en el peregrinar de sus miembros.

La Jornada es, por tanto, una ocasión para dar gracias a Dios por el don de la vida consagrada. Hemos de agradecer el valor y la entrega de nuestros hermanos y hermanas cuando día a día se dejan la piel en la oración; en la celebración litúrgica; en el estudio y la reflexión; en la educación y docencia; en el cuidado minucioso de la enfermedad y del momento final de la vida; en el compromiso social con los más vulnerables. También en la creatividad artística; en la evangelización del pensamiento, de las ideas y de la cultura; en la actividad pastoral directa a pie de calle y entregada en el día a día; en el acompañamiento fiel y cercano de aquellos que buscan una Palabra que anhelan para otorgarse mayor sentido de liberación sobre las ataduras que les tienen atrapados.

La Jornada también pretende ayudarnos a asumir de forma renovada el compromiso de dar a conocer al conjunto de la sociedad la riqueza inestimable que contiene la vocación religiosa. Mostrarnos ante la sociedad desde lo que somos y hacemos nos exige una mayor fidelidad y coherencia de vida que debemos mantener. Quizás a algunos de nuestros contemporáneos pueda parecerles una opción de vida que forma parte más bien del pasado; inútil en los tiempos que corren o, incluso, arriesgada e insegura para el presente. En cualquier caso, hemos de reconocer el valor intrínseco de la Vida Consagrada más allá de nuestras limitaciones y torpezas. Ningún carisma es ajeno a la realidad humana. Ningún carisma es superfluo, innecesario e inútil. La fuerza del Espíritu sabe lo que despierta en el corazón humano cuando se dispone a suscitar respuestas a necesidades concretas en la existencia de las personas. La fidelidad al propio carisma nos conecta con la realidad en sus valores y carencias. Todo carisma, he ahí su fuerza más trascendente, no sólo inspira y desarrolla valores humanos importantes en aras del bien común, lucha diariamente por transformar la realidad hacia algo mejor.

La vocación religiosa, desde sus diferentes carismas, sigue siendo necesaria en la actualidad. No sólo inspira y desarrolla valores transcendentes y humanos; lucha igualmente con otros por los derechos de las personas, procura educar en valores importantes para todos, eleva a la persona a su máxima dignidad y defiende a ultranza la armonía y paz en cada persona y en cada grupo humano llamado a vivir en paz y reconciliación. En definitiva, la vida religiosa procura el bien del Evangelio y corre tras él. Este es el compromiso fundamental de la vida consagrada.

A este respecto, la Jornada pretende poner igualmente de manifiesto, una vez más, el seguimiento marcadamente profético que cientos de varones y mujeres adquieren en su compromiso con el Dios de la vida y de la esperanza. En palabras de la comisión episcopal para la vida consagrada “los consagrados, «peregrinos y sembradores de esperanza en misión profética», denuncian y han de seguir denunciando la injusticia, la falta de hospitalidad con el migrante, la aporofobia, la economía inhumana, la trata de personas, los atentados contra la creación… Los consagrados peregrinan y han de seguir peregrinando con los débiles, los indefensos, las víctimas, como Dios camina con ellos. Son y han de continuar siendo una voz profética coral que siembra con dedicación las semillas de la esperanza de un profetismo vivido y proclamado en fraternidad, no por su propia cuenta, sino contribuyendo a edificar una Iglesia sinodal misionera”.

Los consagrados no somos sin más expertos de esperanza por el simple hecho de asumir una vocación, aquella que el don recibido de Dios ha puesto en nuestras vidas.

Descubrimos y trabajamos la esperanza en nuestro peregrinaje apostólico. Son precisamente las personas con las que caminos en el día a día, a las que servimos, las que nos descubren el valor y la virtud de la esperanza. Ellos y ellas, en las situaciones vitales anteriormente descritas por las que atraviesan en su vida, son los que nos ayudan a ser «peregrinos de esperanza». Gracias a estas personas y a la luz evangélica que se desprende de su vulnerabilidad descubrimos más y mejor, con mayor profundidad, el valor de nuestra vocación consagrada. Los más necesitados y vulnerables nos contrastan en lo fundamental de nuestra vida. Estimulan nuestro testimonio y nos ayudan a ser mejores, más coherentes con el Evangelio de Jesús. Sirva también esta Jornada como un reconocimiento a todas ellas. Merecen nuestro mayor respeto y admiración.

El compromiso profético, por otro lado, nos lleva a ofrecer al mundo puentes de encuentro, de diálogo y reconciliación. La persona consagrada, desde la identificación que procura en su vida con los planes de Dios para el mundo, se ve impulsada a promover en los diversos contextos socioculturales en los que se encuentre la reconciliación de las heridas que anidan en el corazón de sus contemporáneos y la paz tan necesaria como urgente entre los pueblos. Aquí nace un nuevo compromiso profético. Hemos de facilitar nuestro ser «peregrinos de esperanza» para todos y con todos. Tanto con los que están a nuestro lado y forman parte de nuestra familia por razones apostólicas, como con aquellos alejados e incluso adversarios hacia nuestras posiciones y creencias.

La reconciliación entre las personas y los pueblos ha de ser nuestro empeño en los próximos años. Nuestras experiencias carismáticas de vida nos otorgan preciosas herramientas para ofrecer a los demás, especialmente a aquellos necesitados de paz y de reconciliación. La Vida Consagrada quiere seguir sembrando esto. Ella sabe, es su mejor sabiduría, ir a lo fundamental cuando se dispone a promover el bien común. Estimula, para ello, la vida fraterna y sororal que hace extensible a todo hombre y a toda mujer carente de los recursos humanos necesarios para ello.

Un corazón profético es un corazón abierto a generar en su alrededor situaciones vitales nuevas, regeneradoras e impulsoras de esperanza. De esta forma los consagrados seremos «Peregrinos y sembradores de esperanza».

Feliz Jornada a todas y a todos.

Jesús Díaz Sariego, OP

Presidente

Hermanas Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús

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